Extraño y a la vez orgulloso, dolido y a la vez esperanzado. Todavía existe una moneda dentro del cofre aparentemente vacío que apenas se observa aterrizado en la oscura inmensidad del océano. Esta moneda se forjó a base de risas, pasión y cosquillas, bañada en un amor, que la erosión del tiempo había corroído. Más todavía recuerdo las coordenadas en donde se hundió ese cofre, pues tubo mi alma que sumergirse hasta la nostalgia para recuperar alguno de sus tesoros, que ya no le pertenecían. Y ahora, pasó el tiempo, desperté de mi estado comatoso, y descubrí que no quedaba apenas nada.
Pero ya dispondrán los mares y el viento el momento oportuno para que su rostros vuelvan a encontrarse cuando bajasen a tocar esa moneda que todavía sigue engastada a la corroída madera del cofre. Pues pese a que el cofre esté vacío, el cofre sigue ahí. Aunque aquella vez será con otros ojos, otro rostro, otra historia, otra vida y otro mar.
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Es cierto, el cofre sigue siempre ahí. Aunque posiblemente el vacío se remueva en su interior cuando sus rostros se crucen de nuevo.